Escocia, finales del siglo XVI e inicios del XVII. La histeria por la brujería se propagaba como un incendio. En 1590, en la pequeña localidad de North Berwick, comenzó una de las primeras y más brutales cazas de brujas de la historia escocesa. Durante más de dos años, decenas de personas fueron arrestadas, torturadas y ejecutadas por supuestamente conspirar con el diablo para asesinar al rey Jacobo VI. Este episodio sentó un precedente y avivó la caza de brujas en el siglo XVII, dejando una marca indeleble en la historia del país.
El miedo y la tormenta maldita
Todo comenzó cuando el rey Jacobo VI regresaba de Dinamarca con su nueva esposa, Ana de Dinamarca. Durante el viaje, una feroz tormenta azotó el barco real, casi hundiéndolo en el Mar del Norte. Alguien susurró que esto no era obra de la naturaleza, sino de la magia negra. El rey, obsesionado con la brujería, ordenó una investigación para encontrar a los culpables.
Se apuntó a un grupo de personas en North Berwick, acusándolas de haber celebrado reuniones nocturnas en la iglesia local para invocar al diablo. Entre ellas estaba Agnes Sampson, una curandera que fue arrestada y torturada hasta confesar. Bajo extrema presión, describió aquelarres donde se realizaban pactos satánicos y se conjuraban tempestades contra el monarca.
Tortura y confesiones forzadas
Las acusaciones se multiplicaron rápidamente. Hombres y mujeres fueron llevados a juicio basándose en rumores, rencores personales y superstición. Agnes Sampson fue despojada de su ropa, rapada y atada con sogas. La interrogaron durante días hasta que, debilitada, admitió haber conspirado con el diablo.
Otro acusado, John Fian, un maestro de escuela, fue señalado como el líder de los brujos. Su interrogatorio fue brutal. Le arrancaron las uñas con tenazas y le aplastaron los pies en una prensa de hierro. Al final, también confesó pactos demoníacos y fue ejecutado.
Pero no todos confesaban tan fácilmente. Algunos de los acusados insistieron hasta el último momento en su inocencia. Janet Douglas, una joven de 19 años, soportó días de encierro y golpes sin ceder a las presiones. Cuando finalmente fue sentenciada, gritó frente a sus jueces: «No encontraréis al diablo aquí, solo vuestra propia maldad». Sus palabras no la salvaron, pero quedaron grabadas en la memoria de los presentes.
Demonología y el terror institucionalizado
El rey Jacobo VI quedó tan impactado por estos juicios que escribió un tratado sobre demonología, fortaleciendo la persecución de supuestas brujas en Escocia durante el siglo XVII. Su libro, Daemonologie, justificaba la tortura y la ejecución de quienes fueran acusados de brujería, consolidando un clima de miedo y delación.
El efecto de este tratado fue devastador. Inspiró nuevos juicios y condenas en todo el reino. Familias enteras fueron destruidas por meros rumores, y las acusaciones de brujería se convirtieron en una herramienta para resolver disputas personales o eliminar a los indeseados. Entre 1590 y 1662, se estima que más de 3,000 personas fueron juzgadas por brujería en Escocia, de las cuales cientos fueron ejecutadas.
El legado del horror
A medida que pasaron los años, la paranoia por la brujería comenzó a desvanecerse. Las creencias populares cambiaron y, con el tiempo, la gente empezó a cuestionar los juicios que habían cobrado tantas vidas. Sin embargo, la sombra de esos eventos no desapareció por completo.
Hoy, la iglesia de North Berwick es un recordatorio sombrío de aquel período oscuro. Se dice que, en ciertas noches, los ecos de los gritos de los acusados aún pueden escucharse en las ruinas. Algunos visitantes afirman haber visto figuras espectrales entre las lápidas del cementerio, como si las almas de las víctimas aún vagaran buscando justicia.
Aunque la caza de brujas terminó hace siglos, las historias de aquellos juicios aún resuenan en la historia de Escocia. El miedo, el fanatismo y la superstición pueden desatar pesadillas peores que cualquier hechizo. La memoria de quienes fueron condenados sin pruebas nos recuerda que el verdadero peligro no estaba en la brujería, sino en la crueldad de quienes se creían jueces del destino.
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